Mi mamá Clementina
Nunca olvidaré sus lecciones de amor, me guían hasta ahora.
Por:
CÉSAR ACUÑA PERALTA, Alcalde de Trujillo
CÉSAR ACUÑA PERALTA, Alcalde de Trujillo
Hoy desperté muy temprano, antes de lo acostumbrado, anoche dormí
pensando en mi mamá Clementina, que hoy cumpliría 85 años. Tras
despertarme vino el recuerdo de mi infancia en Ayaque, mi mamá
preocupada por el maíz y la arveja, que crecieran y no vaya a ser que
una plaga echara por tierra los sembríos de mi papá, Héctor.
Muy claro vino a mi memoria cuando ella compartía las cosechas con los
vecinos más necesitados. Su bondad no tenía límites, por eso la querían
tanto. Nunca olvidaré sus lecciones de amor al prójimo, que guían mi
conducta, mis preocupaciones, mis quehaceres.
Cada vez que recuerdo o comento cosas referidas a mis estudios traigo a
la mente imágenes de mis padres, Clementina y Héctor; en su incansable
labor de vivir para nosotros, pobres, pero honrados, dignos y
solidarios.
Para mi mamá Clementina, quien no sabía leer; los libros, sin sus
hijos, no hubieran significado sino hojas en blanco, superficies vacías.
Al vernos hacer nuestras tareas y entregarnos con tanto afán a la
lectura de los libros (la mayoría prestados), ella nos contemplaba,
silenciosa, como entrecerrando los ojos para mirar más allá de lo que
estaba viendo.
Hoy comprendo, con mayor claridad, que mi madre se alegraba, porque
al vernos leer y escribir, sentía como si fuera ella, quien leía y
escribía, como si nuestros ojos fueran sus ojos y nuestras manos, sus
manos. Cuánto nos quiso, cuánto sacrificio para que logremos salir de la
pobreza, de la ignorancia, que es la mayor pobreza.
Quizá el recuerdo más hermoso de mi infancia es verme sentado en una
rústica mesa de madera, pero llena de calor familiar, y quedarme
asombrado de ver como mi padre y madre, de una sola tuna hacían
maravillas para que alcanzara a todos los hermanos. El sabor más dulce
que recuerdo.
Junto a la cocina teníamos el batán, esa piedra grande, donde con el
chungo, otra piedra más chica, mi madre molía la chochoca para los
tamales y hacía malabares con las pocas cosas que nos daban los sembríos
de papá.
Era incansable cocinándonos, lavándonos la ropa, zurciéndola,
revisándonos hasta las orejas para que fuéramos aseados a la escuela.
Nos despedía acariciándonos los cabellos y dándonos un beso a cada uno.
Sentía al ir a la escuela, que tras la ventanita de la casa, sus ojos
nos estaban vigilando, cuidándonos de cualquier peligro.
En ese entonces la casita sólo era de dos cuartos donde dormíamos y
comíamos los primeros hermanos. Cuando llegamos a cinco, mi padre dijo:
“hay que ampliar la casa” y levantó la cocina, después otro cuartito
más. Nosotros lo ayudábamos en lo que podíamos. En la cocina estaba el
fogón: un poyo con sus piedras para sostener las ollas de barro, debajo
de las cuales se encendía la leña.
En el cuartito inicial que levantó mi padre vivimos cinco hermanos,
durante cinco años. Yo era el tercero. La vida era realmente un reto, un
desafío muy difícil, aunque, como ahora lo veo, no imposible de vencer.
Nada hay imposible para la voluntad del hombre que quiere luchar por
sus ideales en bien, no solo suyo sino de los demás.
Aún sigo recordando a mi mamá Clementina mecer en la cuna a sus niños
pequeños. Los animalitos domésticos que criaba correteaban de un lado a
otro y ella meciendo con sus pies la cuna de carrizo con su cuero de
oveja que nos servía de colchón.
De niños no hemos tenido la infancia que todo niño se merece. No hemos
conocido de celebraciones del primer año de nacidos, ni cumpleaños, ni
juguetes en navidades. Los caramelos lo conocíamos en figuritas. Sin
embargo éramos felices al contemplar la belleza de las verdes praderas,
los cerros, el cielo, la luna, las estrellas, la lluvia, los truenos y
rayos que nos hacía estremecer y nuestros juegos inocentes y puros.
Viví en Ayaque hasta los cinco años con mis hermanos Leopoldo,
Virgilio, Grimaldo y María Teresa. Luego bajamos a Tacabamba en donde
nacieron: Héctor, Darío, Grimaneza, Olga, Oscar, Josefa y Humberto
(actual presidente regional de Lambayeque). Habían dos opciones:
quedarse en Ayaque y estudiar en el campo o bajar al pueblo y hacer la
primaria ahí. El desafío de alcanzar mejores metas, de ser algo más, era
más fuerte.
Repito, mi vida es un milagro de Dios. En homenaje a mi mamá
Clementina fundé la Universidad César Vallejo, matriz del consorcio
universitario más grande del país, la Fundación Clementina Peralta de
Acuña, en la que doy educación gratuita a casi tres mil niños de dos a
cinco años de edad.
Gracias a Dios y a ella me hice profesional, fui dos veces
congresista, dos veces alcalde y dos veces presidente de la Asociación
de Municipalidades del Perú (AMPE), no niego mi aspiración, soy
sincero, quiero ser Presidente del Perú para servir a los 30 millones
de peruanos.
Mi mamá Clementina es ejemplo de valor, coraje, honestidad y sacrificio.
Publicado el 20/12/13
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